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Desde la representación estudiantil ante la Conciliatura, el Consejo Directivo, el Consejo Académico y las CUAS de Derecho y Filosofía, impulsamos la realización de la conferencia “Camino a la Grandeza Jurídica: de estudiante a profesional con impacto y resiliencia”, llevada a cabo los días 23 y 25 de abril de 2025 en las sedes La Candelaria y El Bosque de la Universidad Libre – Seccional Bogotá.

Este espacio nació de una convicción compartida: la formación jurídica no puede reducirse a lo técnico, lo doctrinal o lo normativo. En un mundo que exige respuestas éticas, sociales y humanas, necesitamos formar profesionales con propósito, capaces de adaptarse, comunicar, liderar y transformar su entorno desde una profunda conciencia de su rol en la sociedad.

El conferencista invitado, Ricardo Canela, abogado dominicano con una destacada trayectoria académica y profesional —que incluye estudios en Georgetown University, Columbia University y la Universidad Panthéon-Assas de París, así como experiencia legal en Nueva York y la República Dominicana— compartió con la comunidad sus vivencias como coach legal de abogados latinos. Su experiencia le ha permitido entender de manera cercana los desafíos de ejercer el Derecho en contextos multiculturales y competitivos, sin perder de vista la identidad, la dignidad y el servicio a la comunidad.

Durante ambas jornadas, los y las estudiantes participaron activamente en una conversación profunda sobre liderazgo, comunicación efectiva, resiliencia, visión profesional y sentido del propósito. Fue un espacio en el que no solo se compartieron herramientas prácticas, sino también una invitación a comprender el Derecho como una vocación que exige integridad, disciplina y sensibilidad frente a las realidades sociales que enfrentamos.

Desde la representación estudiantil, consideramos que este tipo de espacios no son eventos aislados, sino actos pedagógicos transformadores. Son oportunidades para reencontrarnos con el valor de la inspiración, el autoconocimiento y la construcción colectiva. En un momento en que muchas y muchos estudiantes enfrentan dudas e incertidumbres sobre su futuro profesional, escuchar a alguien que ha recorrido este camino con esfuerzo, coherencia y conciencia social es un mensaje esperanzador y profundamente necesario.

Creemos firmemente que abrir la universidad a estas experiencias complementa y enriquece nuestra formación. La universidad crítica, humanista y pluralista que soñamos también se construye desde el impulso de quienes creemos en la educación como un ejercicio colectivo de transformación. Por eso, como representantes, seguiremos gestionando espacios que no solo nos preparen para ejercer el Derecho, sino también para habitarlo con sentido, con visión y con impacto real en nuestras comunidades.


Este evento muestra lo que podemos lograr cuando la representación estudiantil no solo se limita a levantar la voz, sino que también se esfuerza en proponer, organizar y movilizar. Ser estudiantes implica asumir responsabilidades colectivas, comprometernos con el presente de nuestra Facultad y trabajar juntos por un futuro más justo, humano y consciente para quienes elegimos el Derecho como camino de vida.

Agradecemos de corazón a cada persona que aceptó la invitación, asistió, escuchó, preguntó y aportó en la construcción colectiva. Su presencia no solo apoyó este esfuerzo, sino que reafirmó que el cambio se hace en comunidad, con diálogo y voluntad. Cada intervención, mirada atenta y gesto de apoyo nos recuerda que no estamos solos, y que cuando nos unimos desde el respeto y la esperanza, es posible transformar nuestra realidad universitaria, especialmente gracias al valioso apoyo y acompañamiento del Dr. Carlos Mario Dávila, que hizo este proceso aún más significativo.

Siempre adelante, siempre inquebrantable.

Hoy se cumplen dos años desde que Manchitas apareció en la vida de la Universidad Libre. Llegó silenciosa, desconfiada, con el cuerpo marcado por el abandono y el frío. Su presencia, al principio casi imperceptible, pronto se volvió imposible de ignorar. Había algo en ella —en su mirada triste, en su forma de caminar con cautela— que conmovía profundamente.

La comunidad universitaria no tardó en reaccionar. Estudiantes, profesores y trabajadores comenzaron a movilizarse. Unos ofrecían comida, otros difundían su historia, algunos ayudaban con donaciones o atención médica. Entre quienes apoyaron esta causa estuvo también la representación estudiantil, que, desde su lugar, aportó a la red de cuidado que empezó a tejerse alrededor de Manchitas. No se trató de protagonismos ni de gestos grandilocuentes, sino de sumar, como tantos otros, al esfuerzo colectivo que hizo posible su rescate.

Fue Dana Gabriela Muñoz Gutiérrez quien tomó la decisión de llevar a Manchitas a casa. Lo que comenzó como un refugio temporal se transformó en un hogar. Al poco tiempo, se descubrió que Manchitas estaba embarazada. Fue un proceso intenso: recaudar fondos, cuidar su alimentación especial, asistirla en el parto y atender a los cachorros recién nacidos. El día del parto, Manchitas confió plenamente en Dana, permitiéndole estar presente en cada momento, incluso en aquellos más delicados.

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Algunos de los cachorros no sobrevivieron debido al estado de desnutrición que Manchitas había enfrentado en la calle. Pero tres lograron salir adelante, gracias a la dedicación incansable de Dana, quien los alimentaba cada media hora durante la madrugada. Luego vinieron más noches sin dormir, visitas al veterinario, y finalmente, el alivio de verlos crecer y encontrar hogares amorosos.

Una vez adoptados los cachorros, se recaudaron fondos para esterilizar a Manchitas. Sus cuidados no cesaron. Se volvió parte de la familia. Come bien, pasea, duerme largas siestas, y cada domingo disfruta su helado favorito de mora. Aunque sigue siendo algo nerviosa con personas desconocidas, es alegre, juguetona y profundamente querida.

Ahora, dos años después, Manchitas está grande, está sana, está hermosa. Y como este también es el último semestre de Dana en la universidad, ella ha dicho que la llevará una última vez al campus, para que quienes formaron parte de esta historia puedan verla. Quizá no a todos se acerque —porque sigue siendo cautelosa con los extraños— pero su presencia será un recordatorio vivo de lo que puede lograrse cuando una comunidad se une por compasión.

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La historia de Manchitas no pertenece a una sola persona. Es el resultado de muchas voluntades que decidieron actuar con empatía y compromiso. Es una prueba de que el trabajo colectivo, incluso en pequeñas acciones, tiene el poder de transformar vidas.

Feliz aniversario, Manchitas. Gracias por recordarnos que el amor, la paciencia y la solidaridad siguen siendo nuestras mejores herramientas para construir un mundo más justo, más amable y más humano.

— Narrado desde el corazón, el amor, la paciencia y la experiencia de Dana Gabriela Muñoz Gutiérrez, y de quienes la cuidaron, la acompañaron y no dejaron que su historia terminara en el abandono, a quien agradecemos eternamente por su corazón infinito y su bondad inalcanzable con Manchitas. ❤

El 9 de abril de 2025 se llevó a cabo en la Universidad Libre, sede el Bosque Popular, la Jornada Académica y Artística “Conmemorando el derecho a la palabra”, un evento organizado por los estudiantes de noveno semestre de la Facultad de Derecho con el acompañamiento de la profesora Diana Alexandra González y la participacion del Semillero de Investigación Filantropía Unilibrista.

Esta jornada, pensada como un espacio de memoria, diálogo y resistencia simbólica, coincidió con una fecha de profunda carga histórica para el país: se conmemoraron 77 años del magnicidio del líder político Jorge Eliécer Gaitán, ocurrido el 9 de abril de 1948. Un hecho que marcó no solo el comienzo de una de las etapas más violentas de la historia nacional —el Bogotazo y la posterior época de La Violencia— sino que también significó la interrupción brutal de un proyecto político basado en la justicia social, la reivindicación popular y la defensa de los derechos de las mayorías excluidas.

Recordar a Gaitán en el marco de esta jornada no es un ejercicio meramente simbólico, es un acto político en el mejor sentido de la palabra: la reafirmación del compromiso ético que tiene la educación con la verdad, la memoria y la transformación de la sociedad. Como lo expresó el padre Francisco de Roux, citado al inicio del evento, “si hiciéramos un minuto de silencio por cada una de las víctimas del conflicto armado, el país tendría que estar en silencio durante 17 años”. Esta afirmación fue el punto de partida para una jornada que buscó no solo narrar el conflicto, sino dignificar a quienes han vivido sus consecuencias más devastadoras.

Las actividades se desarrollaron de forma simultánea en tres espacios de la universidad, cada uno con un enfoque particular que, en conjunto, tejieron una experiencia interdisciplinaria, humana y profundamente pedagógica. En el Auditorio del bloque D se realizó la apertura oficial con palabras del estudiante Nicolás Castro Cortés, quien resaltó el papel del estudiantado en la construcción de memoria y la importancia de estos espacios dentro de una universidad crítica y comprometida.

Posteriormente, la profesora Diana González ofreció la conferencia “Conmemorando el derecho a la palabra: Un escenario de encuentro y reconocimiento desde las aulas”, reflexionando sobre el papel de la academia como mediadora entre la verdad histórica y la conciencia ciudadana. Siguió el primer foro del día, titulado “Heridas invisibles: víctimas del conflicto, entre el abandono y la resistencia”, liderado por el docente Luis Fajardo y los estudiantes Johan Lizarazo, Sofía Castro, Germán Huertas y Valentina Prieto, quienes abordaron los silencios institucionales que han acompañado el dolor de las víctimas.

Una segunda conferencia, a cargo de la educadora y bibliotecaria María Fernanda Silva, se tituló “La incidencia del conflicto armado en las vidas humanas y no humanas: archivos y bibliotecas”, poniendo sobre la mesa la necesidad de ampliar las nociones de memoria más allá de lo humano, incluyendo el territorio, los archivos y las formas narrativas del dolor y la esperanza.

En una tercera fase del evento, se llevó a cabo el foro “Un diálogo acerca del reclutamiento forzoso en el marco del conflicto armado colombiano”, moderado por los estudiantes Louana Moreno, Julián Semanate, Johan Sarmiento y Juan Sebastián Rodríguez Casas, junto a la profesora Diana González, en el cual se visibilizaron las múltiples violencias que enfrentan niñas, niños y adolescentes en contextos de guerra. Cerrando el bloque del Auditorio, el señor Martín Eduardo Sarmiento, representante de víctimas, compartió un testimonio conmovedor que permitió escuchar la guerra desde la voz de quienes la han vivido en carne propia.

Mientras tanto, en el Salón de Posgrados, las estudiantes Lina Buitrago, Victoria Murillo y Laura Rincón desarrollaron la actividad “Fragmentos de Vida”, una experiencia sensorial a partir de fotografías y relatos de víctimas, que propuso una inmersión íntima en los efectos emocionales y existenciales del conflicto. En las carpas del sector central del campus se llevó a cabo la intervención artística “Re-construyendo memoria a través del arte”, en la que más de diez estudiantes participaron activamente, dando vida a un espacio de creación colectiva con pintura, poesía, escritura y performance, acercando el arte al territorio universitario como lenguaje de resistencia.

La jornada finalizó con un acto que exaltó la creatividad y la sensibilidad narrativa del estudiantado: la premiación del concurso literario “Un cuento corto para la memoria”, liderado por los estudiantes Julián Semanate y Louana Moreno. Esta iniciativa invitó a escribir relatos de hasta 100 palabras como un acto simbólico de memoria y justicia, bajo el lema: “Un cuento para la memoria”. A través de esta convocatoria, se reconocieron las narrativas estudiantiles como un vehículo legítimo y necesario para contar el conflicto desde otras voces, demostrando que la literatura, incluso en su forma más breve, puede interpelar, sanar y construir conciencia.

El concurso otorgó premios de 100.000 COP, 70.000 COP y 30.000 COP, canjeables en la Librería Jurídica Afrodita, incentivando no solo la participación, sino también el acceso a herramientas académicas. Finalmente, el cierre simbólico estuvo a cargo del estudiante Edwin Díaz, con la actividad “Un encuentro con la naturaleza”, que propuso reconectar el ejercicio de memoria con lo vital, lo orgánico y lo sanador, recordándonos que también desde lo natural se puede sembrar un nuevo relato de país.

Este compromiso con la memoria histórica es, a su vez, un llamado a la reflexión sobre el Estado Social de Derecho que nuestra Constitución ha consagrado. El derecho a la paz, reconocido no solo como un derecho fundamental, sino también como un deber, es un principio vital que debemos recordar constantemente, sobre todo en un país que ha sido marcado por la violencia y la desigualdad. La Constitución de 1991 nos invita a construir una sociedad basada en la justicia, la equidad y el respeto por los derechos humanos, y en este proceso, la paz es tanto el fin como el camino.

Recordar el 9 de abril y lo que significó para nuestra historia no es solo un ejercicio de remembranza, sino una responsabilidad ética y colectiva. Es nuestra tarea, como estudiantes, como ciudadanos, hacer que la paz no sea un concepto lejano, sino una vivencia diaria, reflejada en cada uno de nuestros actos y decisiones. La Constitución nos llama a trabajar por un país donde los derechos sean respetados, donde la dignidad humana sea la base de todas nuestras instituciones y donde la violencia no tenga cabida. Así, recordamos a Gaitán y a tantos otros, no solo conmemorando su memoria, sino también construyendo un futuro en el que la historia no se repita, sino que se transforme, se eleve y se renueve.

“Si ustedes los jóvenes no asumen la dirección de su propio país, nadie va a venir a salvarlo. ¡Nadie!” o “Yo propongo que, entre todos, echemos de pa’ atrás y busquemos las razones de por qué el país está como está”, 

- Jaime Garzón 

El pasado 4 de abril de 2025 se vivió en la Universidad Libre, sede El Bosque Popular, una jornada que superó todas las expectativas. Lo que comenzó como una idea sencilla desde la representación estudiantil, se convirtió en un evento vibrante y profundamente significativo: el Primer Concurso de Aeróbics. Este espacio no solo logró convocar a decenas de estudiantes, docentes y colaboradores, sino que sembró una semilla importante en la vida universitaria: la necesidad de promover la salud, la alegría compartida y la construcción de comunidad desde el movimiento.

Desde muy temprano en la mañana, el ambiente de la universidad cambió. Se percibía una energía diferente, casi contagiosa. Las personas llegaban con ropa cómoda, botellas de agua en mano y, sobre todo, con una sonrisa que anticipaba lo que sería una jornada inolvidable. La tarima preparada para la actividad se convirtió en un escenario simbólico: allí no solo se bailó y se hizo ejercicio, también se tejieron lazos, se liberaron tensiones y se creó un espacio donde todos y todas pudieron ser parte de algo colectivo.

El Concurso de Aeróbics fue mucho más que una competencia. Fue un lugar de encuentro donde cada cuerpo en movimiento contó una historia distinta: la del esfuerzo individual, la del trabajo en equipo, la del deseo de habitar la universidad más allá de las aulas. En medio del ritmo constante de la música, entre pasos coreografiados y transpiración compartida, se vivió algo que va más allá de lo físico. Se vivió una afirmación poderosa: estar bien también es un acto político, un derecho, y una responsabilidad colectiva.

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Desde la representación estudiantil, se soñó con crear un espacio en el que el bienestar fuera protagonista, en el que se valorara el descanso activo, la salud emocional y la posibilidad de hacer comunidad desde lo más simple: moverse, reír y disfrutar juntos. Para materializar este sueño, se hizo una alianza con distintos actores institucionales y externos. La participación de organizaciones como Smart Fit, Bienestar Universitario, Tierra Querida, y el respaldo de las Facultades de Derecho y Ciencias de la Educación, fueron fundamentales para que esta actividad tuviera el impacto que tuvo.

Uno de los aspectos más significativos del evento fue su capacidad para articular a diversas personas e intereses bajo una misma causa: promover el bienestar integral. La entrega de premios se convirtió en un reconocimiento simbólico al esfuerzo, pero también fue una forma de motivar la participación activa. Bienestar Universitario ofreció diez bonos de cien mil pesos para Multiparque, Smart Fit otorgó nueve pases dobles para clases, y Tierra Querida se unió con siete combos de hamburguesas para quienes participaron con mayor entusiasmo. Sin duda, estos incentivos fueron bien recibidos, pero lo verdaderamente valioso fue el espíritu que se generó: un ambiente de alegría, respeto y solidaridad.

Este evento también fue posible gracias al liderazgo comprometido de Julián Camilo Prada, estudiante de noveno semestre de Derecho, quien con visión, empatía y sentido de pertenencia logró movilizar recursos, personas y voluntades. Su trabajo, sin embargo, no habría tenido el mismo impacto sin el apoyo decidido de dos docentes fundamentales para la vida universitaria: las profesoras Paola Cifuentes y Blanca Villamil. Ambas no solo acompañaron la logística, sino que fueron parte activa de la energía del evento, demostrando que la educación también se construye desde lo emocional, lo corporal y lo vivencial.

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Lo que se vivió ese día fue un recordatorio de todo lo que es posible cuando la universidad se piensa como un espacio integral. No solo un lugar de estudio, sino un escenario de formación para la vida. En tiempos donde el estrés, la ansiedad y el aislamiento afectan a tantos jóvenes, es urgente seguir construyendo espacios como este. Espacios donde se pueda reír sin culpa, moverse sin vergüenza y ser parte de una comunidad que se cuida, se valora y se apoya mutuamente. 

El Primer Concurso de Aeróbics fue una celebración del cuerpo y del alma, un momento para recordar que estar juntos es una forma de sanar, de crecer y de resistir. Fue también un llamado a seguir abriendo las puertas a actividades que rompan con la rutina y pongan al centro la humanidad de quienes habitan la universidad. Porque cuando nos damos la oportunidad de encontrarnos desde lo simple, desde lo cotidiano, desde el movimiento y la alegría, también estamos transformando la educación.

Gracias a cada persona que participó, a quienes organizaron, a quienes animaron desde el público, a quienes ayudaron en la logística y a quienes simplemente estuvieron presentes. La energía que se vivió ese día fue el resultado de muchas voluntades unidas, de un esfuerzo colectivo por construir un entorno más saludable, más alegre y más humano.

Y como dijimos al final del evento: esto no termina aquí. Este fue solo el comienzo. Nos vemos en la próxima, con más música, más movimiento y muchas más razones para celebrar lo que somos cuando estamos juntos.

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